REVISTA BIMESTRAL
FEBRERO - MARZO 2018 I NUMERO 154
BALANCE Y CAPACITACIONES 2017
SEMBRANDO PARA 2018
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Buenas prácticas agrícolas
para evitar la resistencia de los hongos a fungicidas en cultivos extensivos

 
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Ing. Agr. M.Sc. Dr. Marcelo Carmona
M.N. 14253 * 01 * 01
Ing. Agr. Mg. Francisco Sautua

Cátedra de Fitopatología de la FAUBA

 
   

El control químico de las enfermedades de cultivos extensivos de grano es una de las medidas de manejo más empleadas en la agricultura, (Hirooka e Ishii, 2013). Sin embargo, su uso inadecuado puede generar resistencia en las poblaciones de hongos objeto de control a los principios activos (p.a.) fungitóxicos.
Como consecuencia, los fungicidas pueden tornarse ineficientes, generando graves problemas a los productores, empresas y a la comunidad en general (Garrán et al., 2001; Hollomon, 2015; Mikaberidze y McDonald, 2015). Desde hace años, la comunidad científica internacional ha documentado numerosos casos de resistencia (FRAC, 2017). Sin embargo, durante los últimos años se ha incrementado significativamente el número de reportes de resistencia generando una inédita preocupación mundial (Kretschmer, 2012; Leadbeater, 2012a; Oliver y Hewitt, 2014; Hollomon, 2015). Por lo tanto, el surgimiento de resistencia a los diferentes p.a. fungicidas en los diferentes hongos agentes causales de enfermedades es hoy en día uno de los aspectos más importantes de la agricultura moderna (Deising et al., 2008; Hollomon, 2015; Lucas et al., 2015).

Hay dos grandes grupos de p.a. fungicidas: los sitio específicos o unisitio, es decir, aquellos que tienen un solo sitio o mecanismo bioquímico de acción en la célula fúngica, y los sitio no específicos o multisitio, que por el contrario actúan en múltiples enzimas o rutas metabólicas en la célula fúngica. Ejemplos de fungicidas sitio específicos son los inhibidores de la quinona externa (IQe), químicamente conocidos como estrobilurinas; los inhibidores de la succinato deshidrogenasa (ISDH), químicamente conocidos como carboxamidas; los inhibidores de la desmetilación o síntesis de esteroles fúngicos (IDM), químicamente conocidos como triazoles; los bencimidazoles o inhibidores de la beta-tubulina, etc.

Ejemplos de fungicidas multisitio son el mancozeb, el clorotalonil, captan, cobre, azufre, etc. Los unisitio tienen un elevado riesgo de generar resistencia, en comparación con los multisitio que poseen un riesgo bajo. Los factores de riesgo generadores de resistencia involucrados en un determinado patosistema agrícola se presentan en la Figura 1.

 
   

La resistencia a los fungicidas es un término que refiere a una adquirida y heredable reducción de la sensibilidad de un hongo a un p.a. anti-fúngico específico (Beckerman, 2013). Esta reducción de sensibilidad y posterior resistencia, generalmente se origina a partir de mutaciones espontáneas en el ADN de los hongos fitopatógenos.
El proceso por el cual algunos individuos de la población fúngica logran sobrevivir, multiplicarse y propagarse, a pesar de haber sido expuestos a la aplicación de un fungicida que normalmente controlaba a esa población, involucra la sustitución gradual de la población susceptible original del patógeno, por una nueva población genéticamente resistente (Hobbelen et al., 2014).

De esta manera, la aplicación de fungicidas actúa como un factor que ejerce presión de selección direccionando la selección natural de los mutantes resistente del patógeno. Situación mundial: Se ha reportado resistencia a estrobilurinas, triazoles y carboxamidas en la Unión Europea, Asia, áfrica , Centro América y en América del Sur. Situación en Argentina. En nuestro país son prácticamente nulos o muy escasos los estudios realizados específicamente para determinar la sensibilidad de hongos fitopatógenos a fungicidas en cultivos extensivos de grano. Sin embargo, ya se ha informado sobre fallas de control de triazoles sobre la roya de la hoja del trigo (P. triticina) (Carmona, 2007b, 2008, 2013), la pérdida de sensibilidad in vivo de Pyricularia grisea a mezclas de fungicidas (Dirchwolf et al., 2015), y de Cercospora kikuchii a carbendazim in vitro (Carmona, 2014).

Ante esta preocupante situación, y tomando en cuenta que el medio rural y social argentino actualmente sufre casos ejemplificadores de otras adversidades, tales como la resistencia de varias malezas que ya no pueden ser controladas por el glifosato, se hace notar la necesidad de recurrir a los fundamentos científicos y técnicos de manejo integrado de enfermedades.
En términos prácticos, tarde o temprano, surgirán en el campo cepas resistentes a fungicidas, momento en el cual es muy difícil actuar eficientemente para eliminar la resistencia. Sin embargo, el riesgo y por lo tanto el tiempo en que ello ocurra pueden ser minimizados en gran medida integrando la mayor cantidad de estrategias anti-resistencia que retrasen el desarrollo de subpoblaciones de patógenos resistentes. Entre las Buenas Prácticas Agrícolas para el manejo de la resistencia a fungicidas se recomiendan:
1) Aplicar un fungicida solamente cuando es necesario, de acuerdo con los Umbrales de daño económico desarrollados y validados en el país.

2) Aplicar en el momento óptimo de control, de acuerdo con la metodología científica disponible y siempre que sea necesario.

3) Utilizar mezclas de principios activos fungicidas con diferente mecanismo bioquímico de acción. Ambos p.a. deben tener elevada eficiencia en el control del o de los patógenos que son objetivo de control.
El retraso en la aparición de resistencia mediante la mezcla de fungicidas con alto y bajo riesgo se produce porque el fungicida de bajo riesgo: i) disminuye aún más el tamaño de la población del patógeno sensible y, por lo tanto, el número de mutantes generados por unidad de tiempo; y ii) disminuye la eficiencia de infección y, por ende, la probabilidad de supervivencia de la cepa resistente (Hobbelen et al., 2011, 2014; van den Bosch et al., 2014a,b). Si se detectara resistencia a uno o a todos los componentes de la mezcla, será un perjuicio directo al productor, a las empresas, a los técnicos y a la comunidad toda (Hollomon, 2015).

4) Alternar principios activos (entre y dentro de un mismo mecanismo bioquímico de acción) (Hollomon et al., 2002; Hobbelen et al., 2013; van den Bosch et al., 2014b).

5) Complementar los fungicidas con inductores de la resistencia (ej. quitosanos, fosfitos) (Carmona y Sautua, 2011; Carmona et al., 2011b, 2017a; Mercado Cárdenas et al., 2011; Ravotti et al., 2012; Elesgaray et al., 2014; Felipini et al., 2015) y agentes de control biológico (Agaras et al., 2012; Simonetti et al., 2015; Pin Viso et al., 2016).

6) Respetar las dosis de marbete y obedecer las restricciones allí indicadas es otro componente importante de la gestión de resistencia a los fungicidas (Gressel, 2011; Reis et al., 2015). La teoría dice que la reducción de la dosis de aplicación de un fungicida abarata costos de producción y beneficia al medio ambiente. Sin embargo, las subdosis pueden aumentar el riesgo de resistencia a los fungicidas al permitir que las esporas con resistencia parcial se acumulen en el tiempo, de manera que cuanto mayor sea la oportunidad que tienen para multiplicarse, mayor será el riesgo de que surjan incluso esporas más resistentes.

Tanto el tiempo de vida efectiva de una molécula durante la fase de aparición (emergencia), como el tiempo empleado durante la fase de selección se pueden maximizar, para un número fijo de aplicaciones de fungicidas por estación de crecimiento del cultivo, mediante el uso de la dosis más baja que pueda proporcionar un control eficaz de la enfermedad, es decir, la dosis desarrollada experimentalmente durante no menos de tres campañas agrícolas, que es la indicada por el fabricante en el marbete (Hobbelen et al., 2014; van den Berg et al., 2016; Jørgensen et al., 2017). Evitar la dosis dividida (es decir la dosis recomendada dividida en dos aplicaciones) pues si se divide la dosis se duplican las chances de que individuos de la población se tornen resistentes. La mayor parte de la evidencia científica mundial sugiere que la división de una determinada dosis de fungicida en dos o más aplicaciones selecciona con más fuerza cepas resistentes, en comparación con la selección ejercida por una aplicación única a dosis más altas (van den Bosch et al., 2011; Gressel, 2011; Hollomon, 2012; van den Bosch et al., 2015; Amaradasa y Everhart, 2016). Esto se debe a que si la dosis de cada aplicación se reduce a la mitad o se divide, el periodo de tiempo durante el cual la selección se lleva a cabo se duplica (van den Bosch et al., 2014a). Por lo tanto, la probabilidad de generación de resistencia aumenta con el uso de subdosis al generar una mayor presión de selección favoreciendo la supervivencia de una fracción de la población de hongos que no son tan sensibles a los principios activos aplicados.

7) Desarrollar un programa de monitoreo de la sensibilidad de las poblaciones de los principales patógenos objeto de control, y de valoración de la fungitoxicidad de las principales moléculas fungicida, y de determinación de las dosis óptimas a campo para cada mezcla comercial de fungicida.

8) Implementar un programa de manejo integrado de enfermedades que incluya: siembra de genotipos resistentes o tolerantes, rotaciones, uso de semilla libre de patógenos, aplicación de prácticas culturales, utilización del diagnóstico de la nutrición y de la fertilización como complemento para el manejo de enfermedades, etc.
Las estrategias de manejo de resistencia a fungicidas sólo son útiles si al mismo tiempo retrasan la selección para la resistencia y dan un control de enfermedades adecuado (Hobbelen et al., 2011). Lamentablemente, en general, las contra-medidas efectivas para evitar el surgimiento de la resistencia sólo se aplican cuando los productores y autoridades relacionadas a la problemática, han detectado una disminución de la eficiencia de control de los fungicidas a campo. Cuando se detecta la resistencia en el campo por primera vez, es probable que en ciertas áreas la cepa resistente ya esté presente en una frecuencia de uno por ciento o mayor. Para llegar a ese punto, la subpoblación resistente del patógeno ha evolucionado a través de las diferentes etapas de aparición (emergencia) y selección, durante muchas generaciones. Por lo tanto, gran parte de la posibilidad de retrasar la evolución ya se ha perdido, y si las estrategias anti-resistencia se ponen en marcha en respuesta a la detección de la pérdida de eficiencia de control de los fungicidas a campo, ya no serán eficientes. Dichas estrategias deben ser implementadas desde la introducción de un nuevo p.a. al mercado de insumos fitosanitarios (Brent y Hollomon, 1998; Ishii 2004, 2006; Hobbelen et al., 2014; Blake et al., 2017). Asimismo, la sensibilidad de los aislamientos resistentes a menudo se examina en laboratorio y/o bajo experimentos de invernadero, mediante la medición, por ejemplo, del crecimiento micelial, la productividad y la capacidad de germinación de esporas, la patogenicidad, la competitividad, etc. (Cina et al., 2009; Carmona, 2014; Carmona et al., 2017b; Lovato et al., 2014a,b;. Dirchwolf et al., 2015; Schnabel et al., 2015). Por tanto, es importante controlar y retrasar en el tiempo lo máximo posible el surgimiento en el campo de la insensibilidad de los patógenos, antes de que la eficacia de las moléculas fungicidas se vea comprometida por la resistencia (Ishii, 2015).
En este sentido, uno de los desafíos futuros más importantes será el monitoreo nacional y regional de la sensibilidad y surgimiento de cepas resistentes de patógenos a cada p.a. en los distintos cultivos (Ishii, 2004, 2015; Leadbeater, 2012b; Carmona, 2013; Oliver, 2014; Corio-Costet, 2015; Hollomon, 2015). El modo o mecanismo de resistencia puede ser analizado en diferentes etapas tales como molecular, genética, bioquímica, fisiológica, y a nivel de población (Gisi et al., 2000; Ishii, 2006; Hollomon e Ishii, 2015; R4P Network, 2016).

Conclusión

Las estrategias de manejo de resistencia a fungicidas en combinación con un programa de manejo integrado de enfermedades, aplicados en conjunto para cada patosistema, serán clave para poder maximizar la vida útil y la eficiencia de uso de los principios activos fungicidas actualmente disponibles en el mercado, durante el mayor período de tiempo, garantizando la sustentabilidad económica y ambiental (Ma y Michailides, 2005; Hollomon, 2012). Para no repetir nuevamente errores previos, la implementación de las Buenas Prácticas Agrícolas anti-resistencia por parte de productores y asesores es de importancia extrema. Para alcanzar este objetivo, la capacitación sobre esta problemática jugará un papel central en los próximos años. Bibliografía. Las citas bibliográficas se encuentran disponibles en: http://herbariofitopatologia.agro.uba.ar/?page_id=250