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Abr - May 2021  

Número 173


Dr. Eduardo V. Trumper 

Coordinador Programa Protección Vegetal, INTA.

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PROTECCIÓN VEGETAL TENDENCIAS GLOBALES, DESAFÍOS LOCALES

El Año Internacional de Sanidad Vegetal declarado por la ONU abre una oportunidad especial para reflexionar acerca de cómo el mundo, y en especial la República Argentina, abordan las múltiples aristas que definen la gestión de los problemas que las plagas (sensu FAO ) provocan a los recursos vegetales.

Panorama mundial

El impacto que las plagas provocan en la agricultura varía según las fuentes y los métodos empleados para estimarlo. A principios del nuevo milenio, en una muestra representativa a nivel mundial, las pérdidas por plagas provocadas en arroz, maíz, papa, soja y trigo se estimaron en 20-30%. Otro estudio de 2016/17, con foco en los mismos cultivos, y realizado en 67 países que producen el 87% de los mismos, señala un promedio general de 22,4% de pérdidas provocadas por artrópodos y fitopatógenos. 

Estas cifras sugieren que la presión de las plagas no cambió substancialmente o, visto desde la otra cara de la moneda, el fuerte incremento de oferta tecnológica de los últimos años no parece haber acompañado una mitigación del impacto de las plagas en esos cultivos. La tercera hipótesis sería un proceso adaptativo de éstas a la presión de métodos de control que, en muchos casos, se aplican masivamente. 
Como proceso complementario, la erosión de servicios ecosistémicos por efectos del cambio de uso de la tierra y pérdida de hábitat, y graduales incrementos en incidencia de enfermedades acompañando al cambio climático, van encontrando creciente presencia en la literatura científica. 
Aunque la tasa intrínseca de crecimiento de la población humana mundial evidencia una tendencia levemente descendente, las proyecciones indican que en 2050 habrá 9700 millones de habitantes. Hay consenso respecto a la presión adicional que esto provocará sobre los recursos naturales. 


Helicoverpa sp.

FUENTE: WALTER GUILLOT GIRAUDO


El área de tierras arables utilizadas cerca del máximo de capacidad ha generado una corriente de opiniones y proyecciones científicas en el sentido de considerar que la intensificación sustentable es la única vía hacia la seguridad alimentaria en el futuro. Sin embargo, desde otras vertientes de pensamiento que abrevan no sólo en las ciencias agronómicas sino también en las ciencias sociales y enfoques económicos heterodoxos, como la teoría del decrecimiento y el llamado paradigma de suficiencia, surgen interpelaciones al encuadre de la agricultura con cimientos en la revolución verde. 

Europa, con Francia a la cabeza, se encamina con determinación hacia un cambio significativo, detrás de una idea fuerza que hoy ocupa un lugar en la agenda de las políticas de Ciencia y Tecnología: Hacia una agricultura sin plaguicidas. Aunque más que una meta estricta y vinculante, este lema es una expresión de la visión de futuro de largo plazo, no caben dudas de la seriedad con la que el bloque europeo se está tomando el reclamo de la sociedad por un cambio de fondo. Sin embargo, la letra chica de estas iniciativas no apela a un divorcio de las herramientas que muchas veces son objeto de fuertes críticas desde la perspectiva rupturista. En su lugar, plantea un enfoque evolutivo, de avance gradual, aunque decidido, hacia la disminución del impacto ambiental y la conservación de la biodiversidad, tanto por su valor intrínseco como por constituir la base de diversos servicios ecosistémicos. El Nuevo Pacto Verde europeo y en particular la estrategia “De la Granja a la Mesa”, con fuerza legal, sugiere que esos rumbos no buscan un simple greenwashing, o cambiar para no cambiar. Europa parece ir en serio. En otros polos de la multilateralidad agrícola global, resuenan acordes similares, aunque quizá matizados con mayores dosis de pragmatismo.

Desde la perspectiva de Latino América y El Caribe, la CEPAL marca la necesidad de fortalecer programas para la concreción del desarrollo sustentable con claro equilibrio de las dimensiones económica, social y ambiental. La crisis generada por el COVID-19 abre una ventana de oportunidades para transformar la producción primaria en un sector económico más sostenible y resiliente, mediante la implementación de innovaciones tecnológicas, soluciones basadas en procesos de regulación natural y mejoras en el entorno institucional.

El panorama en la Argentina

En la República Argentina, reverberan muchas de las discusiones y debates que se dan en el concierto mundial, aunque con frecuencia el intercambio se torna conflictivo. La respuesta de gran parte de los actores del sector al crecimiento de los reclamos de la sociedad por una agricultura más segura, se apoya principalmente en propuestas de mayor capacitación, la definición y promoción de protocolos que ordenen las intervenciones terapéuticas, y las innovaciones en tecnología de aplicación de productos fitosanitarios. 


Rachiplusia nu en soja

FUENTE: WALTER GUILLOT GIRAUDO


En una línea más estratégica, el encuadre de la intensificación sustentable va cobrando mayor presencia en las agendas de I+D. El Manejo Integrado de Plagas, otrora un principio de alta centralidad, enfrenta nuevos desafíos y requiere una revitalización tanto desde la investigación como desde la integración a modelos de manejo de cultivos y a sistemas de rotación. 

El grueso de la investigación y el desarrollo se enmarca en modelos de producción y configuración de agroecosistemas ya establecidos, que determinan los límites dentro de los cuales idear las innovaciones conducentes a una agricultura sustentable. 

Esta avenida de trabajo se materializa en propuestas de I+D que apuntan a mejoras incrementales. Probablemente, la gestión inteligente de tecnología de precisión, insumos de síntesis de menor peligrosidad, incorporación de plaguicidas de origen biológico, el fortalecimiento de la capacitación y acuerdos básicos de ordenamiento territorial, especialmente en las interfases urbano-rurales, son algunas de las herramientas a esgrimir para desembocar en una disminución significativa de los riesgos de externalidades negativas. Otros componentes del Manejo Integrado de Plagas, tales como la resistencia varietal y el control biológico aumentativo, constituirían un fortalecimiento congruente con la sostenibilidad. No obstante, una hipótesis es que, desde esta perspectiva, se persiste en un modelo que seguiría dependiendo fuertemente del uso de insumos. 

Otra mirada propone como gran rumbo, la contribución efectiva a la seguridad alimentaria a través del desarrollo de estrategias de transición hacia modelos de producción de intensificación ecológica, con recuperación y potenciación de procesos de regulación natural de las adversidades bióticas y, por consiguiente, una reducción substancial del impacto ambiental. En este encuadre, la base de sustentación del manejo de plagas es fundamentalmente el componente preventivo, anidado en el diseño de paisajes y agroecosistemas que lo favorezcan.

Por otra parte, la agroecología surgió en la escena nacional como una corriente alternativa que concita gran nivel de atención. En algunos ámbitos, el término “agroecología” comienza a ser objeto de disputa conceptual. 

Más allá de los términos, el surgimiento de una concepción que interpreta la inquietud de una amplia gama de actores, desde representantes del sector académico hasta la pequeña producción, es insoslayable y merece una discusión madura e integral. 

Desafortunadamente, las distintas vertientes de pensamiento suelen seguir cursos independientes, nutridos por un sesgo de confirmación. Así, desde ámbitos separados, se alimentan los contrapuntos que frecuentemente enrarecen el clima del intercambio y la discusión. En este contexto, el manejo de plagas agrícolas es una dimensión sobre la que cabalga gran parte del desencuentro.

El debate en términos de contrastes de paradigmas, dividiendo aguas en forma categórica, no está resultando fructífero y nos hace perder oportunidades de construcción de consensos hacia la provisión de soluciones a los problemas que presentan los diversos nichos socio-productivos. La Argentina tiene un enorme abanico de escenarios definidos por múltiples vectores. 


Roya Amarilla en trigo

FUENTE: WALTER GUILLOT GIRAUDO


Desde una concepción de la tecnología que en lugar de considerarla como universal, la asume como una construcción cuyo valor depende de sus contextos de generación y aplicación, es necesario dar cuenta de esa diversidad, de respetarla, darle voz y acompañar procesos de mejora continua. En tal sentido, resulta crucial fortalecer la construcción de evidencia para sostener las proposiciones que se esgrimen, pero también reflexionar sobre los sistemas de valores y el rol de la agricultura no sólo en su faz productiva sino también en sus dimensiones sociales, culturales, territoriales.  

Como si no tuviésemos ya suficientes tensiones que cruzan a la protección vegetal, la pandemia de COVID19 surgió, no tan inesperadamente como se cree, acentuando la demanda sobre la agenda de investigación y desarrollo, y apremiando el acompañamiento tecnológico a los sistemas alimentarios locales, conformado principalmente por pequeños productores.

La necesidad de generación de divisas y de fortalecimiento de la matriz productiva como un componente movilizador de la economía nacional y de las regiones; la clara tendencia creciente en las exigencias de los mercados internacionales en cuanto a residuos de plaguicidas; la urgencia por fortalecer los sistemas de producción de alimentos en el marco del programa de lucha contra el hambre; la creciente demanda social por alimentos inocuos; sistemas de producción con mínimas externalidades ambientales, y fundamentalmente sin riesgos para la salud humana; son algunos de los ingredientes que configuran un escenario de gran complejidad y centro de tensiones. 

Desde este síndrome emergen muchos problemas para enfrentar con investigación, desarrollo, innovación, extensión, capacitación. Pero lo que tal vez resulte más difícil de abordar es la toma de decisiones de alto nivel, buscando el equilibro y la integración entre las diferentes perspectivas y demandas. En la misma línea, los actores del sector debemos encontrar caminos de convergencia.

El gran desafío es ofrecer las mejores respuestas posibles a los problemas acuciantes que ponen en riesgo concreto a la producción, en un mismo marco de referencia que no sólo habilite, sino que también estimule y planifique orgánicamente, el desarrollo de nuevos modelos y estrategias productivas que fortalezcan la dimensión estructuralmente preventiva de la incidencia de plagas.