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Agosto - Septiembre 2020  

NUMERO 169


Dr. Olivier Antoine

Investigador en el Instituto Francés de Geopolítica-Universidad de Paris VIII y de Burdeos

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Impacto del Covid-19 en la geopolítica de los alimentos

Desde el inicio de la pandemia mundial de Covid-19 asistimos a una rápida y preocupante aceleración del hambre en el mundo, agudizándose antiguos fenómenos y provocando graves consecuencias geopolíticas. Frente a un panorama incierto, resulta urgente considerar que la producción agrícola, alimentaria y bioeconómica debe ser abordada desde una óptica geopolítica que permita establecer escenarios prospectivos de desarrollo sostenible para la humanidad.

Después de décadas de largo declive, el número de personas que padecen hambre está en aumento desde 2014. Lejos de llegar a cumplir el objetivo del hambre cero para 2030, fijado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible emitidos por las Naciones Unidas, asistimos desde el inicio de la pandemia mundial de Covid-19 a una rápida y preocupante aceleración de este fenómeno, exacerbando la tendencia y provocando graves consecuencias geopolíticas.

La pandemia actual de Coronavirus está generando en todo el mundo nuevas caras al hambre y la desnutrición. Mientras que antes de la pandemia una de cada nueve personas ya sufría de desnutrición, hoy sabemos que unas 265 millones personas más padecerán hambre severa a finales de este año. A la geopolítica de Covid-19, que está sacudiendo los poderes y abriendo los apetitos para dominar el planeta, le seguirá una geopolítica mucho más antigua, más desestabilizadora y principalmente local, la del hambre. 

El geógrafo brasileño, Josué de Castro, dedicándole un libro a mediados del siglo pasado, había escrito entonces: “Pocos fenómenos han tenido tanto impacto en el comportamiento político de los pueblos como el fenómeno alimentario y la trágica necesidad de comer".
La pandemia de Covid-19 afecta directamente a los sistemas alimentarios a través de sus efectos sobre la oferta y la demanda, e indirectamente a través de la disminución del poder adquisitivo, la capacidad de producir y de distribuir alimentos. Sin dudar en hablar de una "pandemia del hambre", la ONU está preocupada por la evolución de la crisis de salud hacia una crisis alimentaria aguda para poblaciones ya vulnerables, incluso en países agroexportadores como en el continente suramericano.

Esta crisis pone nuevamente en evidencia el papel altamente estratégico de la agricultura y la alimentación. Nos recuerda que son protagonistas de la historia y que son eminentemente geopolíticas, porque siempre estuvieron inscritas en territorios definidos y actuando en el corazón de las estrategias de poder. Por eso, han sido factores de estabilidad tanto como de disturbios, vectores de desarrollo y causa de fragilidades, centro de las preocupaciones humanas, de las políticas públicas y de las relaciones internacionales. La amplia dimensión geopolítica de la agricultura no sólo se limita a los riesgos y retos alimentarios. 

La agricultura es un asunto plural y transversal que atañe a situaciones territoriales, hídricas y semilleras, pero también a evoluciones culturales y económicas del consumo y llegan a ejercer vasta influencia sobre el clima. En consecuencia, la agricultura y la alimentación pueden verse como una base importante para los conflictos, evitando así una lectura económica estricta.

Ya en 2008 la evidencia de la dimensión geopolítica de la agricultura y la alimentación había aparecido claramente después de las revueltas del hambre. Sacudiendo una gran parte del planeta, hasta derribar gobiernos, esta crisis alimentaria había mostrado el papel esencial de la alimentación, no solamente para la paz social, sino también para el desarrollo de ciertas industrias dedicadas a la producción de biotecnologías. En aquel entonces, la tierra y el agua habían sido objetos de codicia y, sus territorios, objetos también de fuertes rivalidades de poder con un resurgimiento de las cuestiones de soberanía nacional y de poder estatal. Después de 2008, emergió una conciencia internacional que permitió reposicionar tanto a la agricultura como a la alimentación en el centro de las preocupaciones de los estados. 
Durante casi una década, existió entonces un esfuerzo para analizar los problemas que afectaban tanto a la seguridad alimentaria global como a cada agricultura local, al vincular los problemas geoeconómicos y geoestratégicos globales con los problemas geopolíticos internos. La primera señal de cambio después de décadas de casi indiferencia llegó desde el Banco Mundial que publicó un informe sobre el desarrollo mundial titulado "Agricultura para el Desarrollo". 

A partir de 2011, esta nueva situación se vio reforzada tras las revueltas sociopolíticas que sacudieron la cuenca del Mediterráneo. Los problemas agrícolas y alimentarios desempeñaron un papel importante entre las diversas demandas de las poblaciones de Túnez, Egipto, Libia o Siria, todos importantes países importadores de trigo. Una muestra del creciente, incluso urgente, interés de la comunidad internacional por estas preguntas tuvo lugar cuando Francia, anfitriona de la sexta reunión del G20 en noviembre de 2011, resultó el primer país en organizar un G20 agrícola que reunió a los diversos ministros de agricultura de los países  participantes. 

Además de estas reuniones anuales, se han realizado, desde entonces, una multitud de informes, eventos y compromisos, colocando a la agricultura, la alimentación y sus recursos, a saber, la tierra y el agua, en el centro de los desafíos del siglo XXI como, por ejemplo, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), establecidos como parte del programa de desarrollo adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas, la 21ª Conferencia de las Partes sobre el Clima, la COP 21, organizada en 2015 en París , o incluso la Exposición Universal organizada por la ciudad de Milán en 2015, titulada “Alimentar el planeta. Energía para la vida".
Hoy, la pandemia de Covid-19 nos pone frente a un renovado reto geopolítico. Sin embargo, la tragedia sanitaria y sus consecuencias económicas -marcada por una crisis energética, no de las materias primas- parecen estar ocultando en gran medida los impactos agrícolas y alimentarios. Si bien las grandes instituciones internacionales manifiestan su preocupación sobre el hecho de que la pandemia está provocando una crisis alimentaria, las respuestas globales brillan por su ausencia. 

Por el contrario, cada país elabora, según sus capacidades y necesidades, estrategias propias para garantizar su soberanía y/o seguridad alimentaria, reforzando cierto nacionalismo agrícola, hasta provocar serias tensiones en algunas zonas del planeta, como por ejemplo en el sudeste asiático entre China, por un lado, y Vietnam y Tailandia, por otro, por el uso de las aguas del rio Mekong para la producción arrocera. 

En un caso similar, las aguas del Nilo son objeto de una disputa creciente entre Egipto, quien proclama su derecho antiguo sobre el río, y Etiopía, quien reivindica su estatus de histórica potencia regional, demostrándolo a través de la construcción de una represa aguas arriba para controlar las aguas del río y así fomentar su desarrollo energético y agrícola. 

En otras partes del mundo, como en la África subsahariana, rivalidades históricas entre comunidades sedentarias de agricultores y comunidades pastoriles trashumantes se ven exacerbadas por las dificultades de acceso al agua y la falta de alimentos, tanto para la cría de animales como para los seres humanos, todo en un contexto de peligrosa radicalización religiosa. Desde el inicio de la pandemia, la ONU ya contó con más de 70 millones de personas en situación de grave crisis alimentaria en estos países. 
En América Latina, la situación también preocupa, a pesar de contar con pesos pesados de la producción agrícola mundial y con algunos de los países más eficientes para abastecer los mercados mundiales de granos, frutas y verduras; como Brasil, Argentina, México, Perú y Chile. Las dificultades de gran parte de la población, empobrecida, por satisfacer sus necesidades alimentarias, pone en tensión un pacto social ya de por sí muy debilitado en varios países. Además, las tendencias hacia el nacionalismo agrícola de ciertos países, como en el caso francés, ponen en peligro acuerdos comerciales y exportaciones del continente. 

En Centro América, países como Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala, apodados como del "corredor seco", en referencia a las sequías recurrentes que afectan a zonas enteras de sus territorios, la situación se vuelve alarmante. Importadores netos de alimentos básicos, estos países dependen del dólar para garantizar el pago de sus importaciones. Sin embargo, sus dos principales fuentes económicas están ahora paralizadas: la actividad turística y las remesas. Por ende, los flujos migratorios, antes objetos de tensiones crecientes entre Estados Unidos, México y países centroamericanos, y por ahora contenidos por el cierre y/o el mayor control impuesto en las fronteras estadounidenses, podrían entonces aumentar fuertemente provocando una profunda crisis humanitaria.  

Desde entonces, esta crisis sanitaria mundial está agudizando fenómenos más antiguos. Territorios abandonados y campesinados desprestigiados son en muchos lugares factores de desestabilización social y desorden, pudiendo ocasionar contrapartes mayores, tales como la implantación de movimientos terroristas, cultivos ilícitos y distintos tipos de tráficos (drogas, armas, seres humanos, cigarrillos, etc.). 
Así, en los territorios enclavados, pobres, mal o sub desarrollados y en situación de gran fragilidad agrícola, la producción de cultivos ilícitos es una respuesta a la preocupación de las poblaciones por sobrevivir, en particular cuando se trata de zonas tribales y/o montañosas de difícil acceso o control. Aquí también, los ejemplos abundan: el Hermel libanes, la región del Rif marroquí, el triángulo de oro en Asia, la media luna de oro en Afganistán, Irán y Pakistán o también las zonas cocaleras de Sudamérica.

A medida que la pandemia de Covid-19 continúa evolucionando, los impactos globales en la seguridad alimentaria y la nutrición se agravarán, al igual que los efectos locales. Aunque sea importante reconocer que cualquier evaluación de las consecuencias del Coronavirus está sujeta a un alto grado de incertidumbre y debe interpretarse con precaución, debemos recordar que la agravación de estos fenómenos se enmarca en un ciclo de tendencias más profundas y desde ya preocupantes como lo son las tensiones por el cambio de centro de gravedad geopolítico y económico mundial, la dinámica demográfica mundial, el crecimiento de la población urbana y la transición nutricional que acarrea, los impactos de los fenómenos meteorológicos extremos debido al cambio climático, así como también la rarefacción de las tierras cultivables y el agua. 

Por eso, aparece urgente volver a considerar que la producción agrícola, alimentaria y bioeconómica debe ser abordada desde una óptica geopolítica para establecer escenarios prospectivos de desarrollo sostenible para la humanidad. 

En este tiempo incierto, es imperioso reflexionar sobre la magnitud del desafío humano, social, político y económico que nos espera. Se trata de un notable desafío en el tiempo y en el espacio. Es indudable que la inmediatez del imperativo alimentario nos exige ya producir más, producir mejor y producir sosteniblemente, pero nos impone también considerar nuestras decisiones en la medida de tiempos más largos y ponerlas en perspectiva con los distintos niveles de territorios afectados. Muchas preguntas globales encontrarán sin duda adecuadas respuestas locales y los aportes y la participación de todos los actores, públicos y privados, serán determinantes para sentar las bases de la construcción de una estabilidad geopolítica y dotar al conjunto de una mayor seguridad internacional.