INDICE

Agosto - Septiembre 2020  

NUMERO 169


Ing. Agr. Pedro Landa 
M.N. 14856*01*01

Productor orgánico. Presidente de Organización Internacional Agropecuaria (OIA).

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La producción orgánica como modelo de desarrollo

El consumidor actual experimenta importantes cambios, acelerados por la pandemia y sus efectos. Ciertas elecciones se cuestionan, como los alimentos y sus formas de producción. Este consumo más cuidadoso dará forma a los sistemas de gestión de alimentos, privilegiando a los que más garantías ofrezcan. Así, la producción orgánica se perfila como uno de los modelos de gestión que serán 
preferidos por el consumidor.

La producción orgánica está definida por la ley 25.127/99 como: “se entiende por ecológico, biológico u orgánico a todo sistema de producción agropecuario, su correspondiente agroindustria, como así también a los sistemas de recolección, captura y caza, sustentables en el tiempo y que mediante el manejo racional de los recursos naturales y evitando el uso de los productos de síntesis química y otros de efecto tóxico real o potencial para la salud humana, brinde productos sanos, mantenga o incremente la fertilidad de los suelos y la diversidad biológica, conserve los recursos hídricos y presente o intensifique los ciclos biológicos del suelo para suministrar los nutrientes destinados a la vida vegetal y animal, proporcionando a los sistemas naturales, cultivos vegetales y al ganado condiciones tales que les permitan expresar las características básicas de su comportamiento innato, cubriendo las necesidades fisiológicas y ecológicas”. 
Esta definición nos revela las dimensiones más evidentes de lo que se conoce como “producción orgánica”. Entre ellas, el cuidado de la salud del productor, sus colaboradores y del consumidor; el cuidado del medioambiente a través de fomentar la biodiversidad; y el cuidado y mejora del suelo.  

Pero esta definición no saca a la luz las importantes dimensiones que la convierten en un modelo de desarrollo alternativo al actual. Dichas dimensiones están relacionadas con el cuidado del territorio a través del mantenimiento de las poblaciones rurales; la generación de redes de pequeños productores, sólo viables gracias al asociativismo; el fomento del consumo local; el cuidado del entramado social y la revitalización de las comunidades rurales. Hay otras dimensiones sobre las que actualmente se está explorando su impacto, de las cuales destacaremos dos. En primer lugar, quizás la más relevante, la Agricultura Regenerativa, uno de los umbrales más elevados de la Producción Orgánica que está impactando en todos los sistemas productivos. Y, en segundo término, la indagación de tecnologías amigables con el medio ambiente, hoy también en uso en la agricultura convencional.

La producción orgánica es un sistema o modelo productivo con características específicas, que bien puede analizarse como otras cadenas agroalimentarias, similar en sus componentes, pero de eslabones más cortos. Así es que la cadena está integrada por productores primarios transformadores, distribuidores, comercializadores, exportadores, supermercados, tiendas especializadas, transportistas y, a diferencia de otras cadenas, también posee sistemas de distribución domiciliaria, ferias y diversos puntos de venta. La diferencia fundamental de la cadena orgánica con otras cadenas tradicionales es que los alimentos se gestionan considerando los impactos de cada uno de sus eslabones, y eso es lo que premia un consumidor orgánico.

Al considerar cómo la producción orgánica se ve impactada actualmente por el COVID-19 nos encontramos con situaciones similares a las del sector convencional, definiendo a éste como el que utiliza productos de síntesis química en la gestión productiva y también permite los organismos genéticamente modificados. Los problemas en común que los afectan son muy diversos: falta de cosecheros, ruptura de la cadena de pagos y falta de acceso a insumos, entre otros. 

Ante la situación particular de la pandemia es posible diferenciar reacciones distintas en el ámbito urbano y el rural: el campo con un desempeño casi normal y trabajando al ritmo habitual y la ciudad con un gran riesgo de contagio, actuando de manera temerosa y, por momentos, con conductas irracionales, que algunos califican como propias de una psicosis colectiva. 
Pero si consideramos este término con especialistas podemos entender que éste tiene muchas más implicancias, por lo que sólo entenderemos esas conductas irracionales como consecuencia de una grave distorsión de las percepciones. Esto puede atribuirse en gran parte a los miedos alimentados por las redes sociales y los medios de comunicación.

Esta situación determina conductas claramente diferenciadas: en el campo la naturaleza sigue su ritmo normal, nada ha cambiado demasiado, todos los sistemas actúan casi sin enterarse que existe una pandemia. 
En consecuencia, los productores siguen trabajando de manera normal, con excepción de algunas modificaciones debidas a factores externos a los sistemas biológicos productivos, como ser el transporte, la mano de obra, el acceso a circuitos financieros o la alteración de la cadena de pago, entre otras.  

Por el contrario, en la ciudad, la conducta de todos ha sido notablemente modificada y regida, ciertamente, por los diferentes niveles de miedo que afectan a la población, reaccionando ésta de manera anormal frente a lo desconocido.
A pesar de estas distorsiones que pudieran presentarse, los alimentos orgánicos siguen llegando al consumidor, la cadena funciona prácticamente con normalidad, abasteciendo a quienes esperan cada día un alimento diferente para su dieta. En la exportación todo funciona casi normalmente, el flujo de productos orgánicos es el habitual, sólo alterado por los factores externos que afectan el flujo del comercio a nivel global. 

Los mercados, a su vez, siguen en un nivel de abastecimiento y consumo normales. Como sucedió con todos los productos alimenticios al principio de la pandemia, los consumidores de alimentos orgánicos acumularon productos, especialmente los no perecederos, previendo potenciales problemas de abastecimiento. 

Era de esperar y resultó ser la situación de diversos productos, incluidos los alimentos que, debido a esa acumulación inicial, el consumo bajara hasta reducir los stocks generados por las compras realizadas al inicio de la pandemia. Pero para sorpresa de muchos procesadores y comercializadores orgánicos esta situación no sucedió con los productos orgánicos. Por el contrario, el consumo se mantuvo en niveles normales pre-pandemia o en algunos casos superiores. Esto se atribuye a una reacción positiva del consumidor que, frente a una situación de incertidumbre general, se volcó en mayor medida a la compra de productos orgánicos, como una opción más saludable, cubriendo de esta manera sus inquietudes acerca del origen de los alimentos, su gestión ligada a los procesos naturales y la transparencia de esta cadena que le permite monitorear fácilmente al origen productivo de las materias primas.

Ahora bien, cuando se trata de imaginar cómo estaremos dentro de un año respecto a la producción orgánica, se hace muy difícil poder predecirlo. Lo que sabemos con certeza es que la producción orgánica no depende de una publicidad masiva para convencer a los consumidores sobre sus virtudes, ya que es el propio consumidor quien lidera el aumento de su consumo, debido a que él mismo, en su imaginario, tiene claro que la Producción Orgánica significa: cuidado medioambiental, cuidado del entramado social y equidad. Y, sobre todo, representa un alimento seguro y de calidad, dos atributos que aseguran todos los integrantes de la cadena, desde la producción hasta la llegada para el consumo.

El consumidor actual está experimentando un cambio de percepciones y prioridades, inclinándose por un alimento seguro que responda a sus expectativas. Estas expectativas no están sólo relacionadas con la seguridad intrínseca del alimento, sino también con los impactos y el grado de seguridad generado por la gestión de los alimentos, desde la producción de sus materias primas hasta que éstos llega a su mesa. 

Un consumidor, que, con más tiempo para pensar, busca acercarse cada vez más a la naturaleza. En el reordenamiento de sus prioridades decide a qué redestina sus recursos, dónde considera positivo depositar su energía económica, votando con su billetera y favoreciendo así a modelos sustentables por sobre otros. Asume de esta manera un papel de corresponsable de las consecuencias directas e indirectas de los modelos de gestión que beneficia con sus elecciones.

Cuánto durará este fenómeno de cambio y qué intensidad tendrá nadie lo sabe con certeza. Sí es posible afirmar que cuanto más intensa y prolongada sea la situación actual, más profundos y duraderos serán los cambios en el consumidor. Queda a la vista una vez más, que está en las manos de los consumidores de las ciudades la fuerza que dará forma a la nueva realidad, no sólo porque ellos representan un altísimo porcentaje de la población, sino porque son los que están sufriendo con más intensidad la pandemia y quienes más buscan seguridad en lo que consumen frente a esta situación.

La pandemia ha acelerado la toma de conciencia en el proceso de elección, factor que siempre estuvo presente.  El consumidor elige sus alimentos cada vez más considerando dónde se produjeron, cómo se produjeron, qué se utilizó en su gestión, quiénes se benefician con su elección, esto conlleva una trazabilidad que le permita rastrearlos y una certificación que sustente toda apelación de calidad esgrimida para inclinar su decisión favorable. De esa manera, pretende lograr transparencia y garantías de seguridad e inocuidad alimentaria, sumándole impacto social y medioambiental.

Qué necesita hoy el productor orgánico para evolucionar en el contexto actual¬: simplemente que lo dejen trabajar en armonía con la naturaleza, resolviéndole problemas externos a su gestión productiva. Mitigándole, en lo posible, todas las distorsiones relacionadas con transporte, mano de obra y, sobre todo, la incertidumbre que genera la falta de políticas claras y estables.
A largo plazo, el crecimiento de los mercados estará relacionado con el privilegio de los factores hasta aquí descriptos, ya que el hombre está actuando liderado alternativamente por su comportamiento animal y su conducta de ser racional. Su comportamiento básico, regido en gran parte por sus miedos relacionados con la inocuidad de los alimentos, está resuelto con los productos orgánicos, por las garantías y confianza que éstos le generan. 
Superados sus miedos, su comportamiento racional lo lleva a favorecer aspectos sociales y medioambientales, ya que percibe que el cambio climático seguirá evolucionando de manera negativa y que las inequidades son cada vez mayores. Es consciente de la evolución de las tecnologías sostenibles y su incorporación a los sistemas de gestión, tanto al orgánico como al de productos convencionales.

Se vislumbran, en consecuencia, escenarios futuros que impactarán positivamente el consumo local. Hoy el consumo de cercanía se está fortaleciendo y el consumidor tenderá a favorecerlo aún más, ya que esta modalidad da respuesta a sus necesidades y seguirá haciéndolo, además de satisfacer la necesidad de respuesta a las inquietudes de demanda social y medioambiental. 
Todo lo expuesto determinará, sin duda, un cambio profundo en el modelo de desarrollo, ya que está claro que el modelo actual nos llevó donde estamos, que no es donde queremos estar.